Fueron tres largas horas.

Con su rostro entre sus manos le observaba el agua que caía de sus mejillas. El llanto era incontrolable.

Pude sentir como mi cuerpo se quemaba, y consumía, por dentro. Quise dejar de respirar

Atónito, primero con la mirada perdida. Enfurecido, mas con la mirada llena de dolor, le habló

El aire quemaba, la sangre que circulaba dentro de mi era como si fuese lava. Buscaba soluciones pero no podía encontrarlas. Los recuerdos desfilaban en mi mente, algunos pasaban velozmente pero otros, otros eran eternos. 

Se alejó, la miró y quiso marcharse, pero ella lo detuvo.

Le pedí un abrazo, buscaba calma en sus brazos como siempre lo había hecho. Me preguntaba como era posible que aquella persona por la cual estaba llorando desconsoladamente era, a su vez, la única capaz de calmarme. Esta vez era yo quien tenía su rostro en mis manos. Solo lo mire fijamente y retuve, para siempre, en mi memoria sus pocos cabellos rubios mechados con su color natural, sus grandes ojos acompañados de sus largas pestañas, la suavidad de su piel, el contorno de sus labios. Todo, absolutamente todo, cada milímetro. No podía, no quería soltarle la mano. Sabía perfectamente que al atravesar esa puerta todo terminaría. Paralelamente lo recordé todo, cada palabra, no lo podía creer. Así fue como lo dejé ir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario